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TLC y agro: las condiciones son desfavorables

 
Portada del numero 28
Cies: Nuevos conocimientos para mejores políticas

Autor: Eduardo Zegarra
(GRADE)

El gobierno espera firmar el tema agrario del TLC con EE.UU. a fines de noviembre. Este anuncio es particularmente preocupante para el sector agrario en la medida que no se han logrado avances mínimos en los temas centrales de la negociación, a saber, qué pasará con la franja de precios y en qué términos y plazos se realizará la desgravación de productos sensibles como arroz, maíz, algodón, trigo, cebada, lácteos y oleaginosas, que involucran a no menos de un millón de productores agropecuarios a nivel nacional. Igualmente es incierto que EE.UU. acepte mantener, desde el inicio del TLC, las ventajas de arancel cero que da el ATPDEA para productos como el espárrago, cítricos y hortalizas.

En este contexto, los efectos de eliminar la protección arancelaria a nuestros productos agrarios por efectos del TLC pueden ser importantes, tanto económica como socialmente. Lamentablemente, hasta la fecha el gobierno no ha realizado un estudio específico para estimar cuantitativamente estos efectos, pese a que desde el inicio de la negociación se sabía de la importancia de este tema. Más preocupante aún, el gobierno viene anunciando un paquete de compensación agraria orientado a los productores de maíz, trigo y algodón, el cual no tiene sustento en cifras concretas, desconociéndose qué se pretende compensar y de qué manera.

Pero el tema de la supuesta compensación agraria por efectos del TLC muestra también una serie de debilidades en todo el esquema de negociación que ha elegido el gobierno. En primer lugar, el discurso de compensar perdedores no parece ser el mensaje más apropiado ni para el frente interno ni externo. A nivel interno, la idea de compensar a los productores agrarios tiene baja credibilidad en vista de los problemas que ya tiene el gobierno para otorgar subsidios directos, por ejemplo, a los productores de algodón Tangüis, donde cada año hay movilizaciones por la falta de pago oportuno o para renegociar los montos del subsidio ya establecido. En el frente externo, “compensación agraria” suena a que ya se tiró la toalla sobre la idea de proteger a la agricultura nacional frente a los enormes subsidios agrícolas norteamericanos, tema que debería ser crucial en la estrategia peruana de negociación.

Más importante, el discurso de la compensación agraria ha desplazado de la discusión a un tema más importante como es la relación entre el TLC y la estrategia de desarrollo agrario, dándose por sentado que toda liberalización comercial es garantía de modernización agraria. Sin embargo, este argumento de “primero liberaliza y luego viene la modernización” ya fue usado y puesto en práctica en los últimos quince años en nuestro país sin mayor éxito. Hay que recordar que una buena parte de la agricultura peruana fue liberalizada de manera radical durante la década de los noventa con una fuerte caída de aranceles, y los autores de esta política señalaron que esta era la única manera de modernizar la agricultura peruana. Es obvio que esto no fue suficiente para generar ninguna modernización. En gran medida, el discurso pro-TLC más radical se parece bastante a la estrategia liberalizadora de los noventas, y no queda claro que sus patrocinadores hayan aprendido mucho de sus limitaciones.

Un ejemplo concreto de este enfoque fallido de la liberalización como estímulo para la modernización ya viene ocurriendo con el sector algodón-textil durante los últimos tres años de vigencia del ATPDEA. Según la promesa del gobierno, el ATPDEA iba a significar que en el Perú pasemos de 60 a 200 mil hectáreas de algodón debido al boom exportador textil. Lo cierto es que la producción algodonera nacional sigue estancada en sus 80 mil hectáreas de baja productividad y los industriales peruanos prefieren importar cada vez más algodón subsidiado de los EEUU para re-exportar prendas a este mismo país, sin que se haya generado mayor articulación entre nuestra agricultura e industria. Esta falta de integración agricultura-industria y falta de eslabonamientos, es lo que hace que ATPDEA y TLC por sí solos no nos ayuden a resolver nuestros problemas fundamentales de desarrollo.

No podemos desligar la posible firma de un TLC con EEUU de una discusión mucho más amplia sobre cual es la estrategia de desarrollo para el agro nacional que pretende nuestra clase política. Más que firmar un TLC “sí o sí” bajo fuerte presión política, parece más sensato generar las condiciones que hagan que la firma de un TLC sea una manera de impulsar el desarrollo agrario. Por ahora estas condiciones no parecen estar dadas —el actual gobierno no ha hecho mayores esfuerzos por lograrlo – y no deberíamos seguir poniendo la carreta “liberalizadora” delante de los bueyes del desarrollo, como lo hicimos en los noventas. En un futuro, los TLC y otras estrategias comerciales deben ser diseñadas como parte integral de una estrategia de modernización agraria de amplia base social y territorial, buscando fuertes eslabonamientos internos entre los sectores domésticos y los más dinámicos de la economía exportadora.

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