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La racionalidad de la demencia

 
Portada del número 19
Cies: Nuevos conocimientos para mejores políticas

Autor: Juan M. Ossio
(PUCP)

Velazquismo, ultra-nacionalismo, indigenismo, racismo, mesianismo incaísta. Estos son algunos ingredientes, todos autárquicos y excluyentes, de la confusa ideología del movimiento etno-cacerista de los Humala. Ideología no muy lejana al mesianismo fundamentalista del senderismo que excluye a todo tipo de ideología (inclusive las de índole marxista); que proclama tener la capacidad de descubrir las leyes inexorables de la historia, y cuyos seguidores se consideran los constructores de un paraíso autárquico donde se anulen las clases sociales.

El etno-cacerismo llega al extremo de promover que sólo los representantes de la raza cobriza deberían gobernar el país, el mundo foráneo debe ser rechazado ya sea por imperialista o porque los chilenos y ecuatorianos son nuestros enemigos seculares. Consecuentemente, la deuda externa no se debe pagar, nuestra orientación productiva debería ser hacia el autoconsumo, hasta el Microsoft Windows de Bill Gates debe ser rechazado en aras de uno autóctono. Por último, los corruptos deben ser fusilados, el pasado tahuantinsuyano con su tríada de preceptos debe erigirse en modelo, se debe rechazar el catolicismo y volcarse a las prácticas religiosas ancestrales exceptuándose el caso de la religión de los Israelitas del Nuevo Pacto Universal que también aspira al autarquismo, es mesiánica y tahuantinsuyana.

Todas estas ideas están muy lejos de aquel espíritu abierto y adaptado a los desafíos del mundo actual, y que reconoce que estamos ante una etapa de desarrollo histórico de la humanidad, que concibe al tiempo y al espacio como eminentemente abiertos, que allende sus fronteras valora la diversidad sin exclusivismos, que puede desenvolverse y competir sin problemas bajo el marco de distintos códigos culturales, y en general, que reconoce en todos los seres humanos la misma capacidad de aprendizaje y superación.

Desde la perspectiva de este espíritu moderno es una locura que en estos tiempos de globalización y competitividad puedan surgir individuos que encarnen estas ideas y que tengan seguidores. Lo peor del caso es que a veces lleguen a triunfar como Hugo Chávez en Venezuela o que se mantengan en el poder como Fidel Castro en Cuba, o simplemente retarden aquel anhelado acceso a la modernidad y el desarrollo ¿Qué ganó el Perú con la aventura de Velazco Alvarado? ¿O con los doce años de violencia subversiva continuados luego por diez años de corrupción? ¡Qué triste sino que tiene el Perú de oscilar entre el fanatismo autárquico y la corrupción!

El Perú sufre las consecuencias de ser un país invertebrado que todavía no puede digerir las lecciones nefastas de su pasado inmediato ¿Cómo salir de esta situación? ¿Cómo acortar la brecha que separa al Estado de la Sociedad?¿Cómo lograr servicios públicos adecuados que ensanchen los horizontes de nuestras poblaciones cuando las inversiones del mundo foráneo son muchas veces rechazadas, cuando se impide el avance de las industrias extractivas o cuando se maltrata a los turistas? ¿Cómo lograr el imperio de la justicia cuando muchos pobladores rurales tienen que purgar prisión sólo por practicar costumbres inocuas que no calzan con las concepciones de quienes los sentencian?

Puede ser que estas disyuntivas pasen por las cabezas de algunos de nuestros políticos pero entre los más adictos a publicitarse no veo mucho asomo de enfrentarlas. Si lo hicieran no socavarían su propia tumba con críticas insustanciales al actual gobierno que solo logran debilitar la democracia y nuestro precario orden institucional. Puede ser que el actual gobierno haya cometido muchos errores pero creo que será recordado por dos lineamientos que son fundamentales. Por un lado, por enfrentar la globalización competitivamente atrayendo inversiones extranjeras y buscando la unión de los países sudamericanos, y por otro, por procurar forjar la unidad en la diversidad a través de logros como el Acuerdo Nacional, la creación de los gobiernos regionales y el reconocimiento del Perú como un país pluricultural donde todo tipo de exclusión debe ser puesta de lado.

Es cierto que en nuestro país las organizaciones indianistas no han alcanzado la envergadura de las existentes en Ecuador y Bolivia pero esto no quiere decir que no existan indígenas en nuestro país y que no se dejen sentir en la esfera política nacional. Basta reparar en su existencia y manejar perspicazmente sus sentimientos, como lo hizo Fujimori en 1990 y Toledo en el 2000, para darse cuenta del potencial de votos que encierran. Una prueba irrefutable de su presencia la encontramos en las elecciones de 1990 y en las del 2000. El problema, una vez comprometido su apoyo, es mantenerlos contentos pues sus expectativas no son precisamente de las que se proyectan al largo plazo. Sino que lo digan los Presidentes Lucio Gutiérrez, Carlos Meza y Alejandro Toledo que constantemente tratan de aplacar las exigencias de naturaleza populista de quienes alguna vez los respaldaron.

Que poblaciones no favorecidas por una buena educación o que tienen dificultades para acceder a los medios de comunicación moderna, no logren participar de estas reglas de la modernidad es comprensible. Romper con el tipo de idiosincrasia que se deriva de un universo de relaciones interpersonales, patrones matrimoniales endogámicos, orientación productiva de auto-consumo no es algo fácil. Pero lo es mucho menos cuando aquellos que sí han tenido estas oportunidades asumen estas posiciones autárquicas de manera más radical, como los Humala o Abimael Guzmán, o como tantos otros, sean hombres de prensa, políticos, o intelectuales, que en nombre de nacionalismos o populismos trasnochados ponen en peligro las inversiones extranjeras, el desarrollo del turismo y, en general, nuestra apertura hacia la modernidad.

Un nuevo periodo pre-electoral está ad-portas ¿podemos continuar dándonos el lujo de seguir peleándonos entre peruanos y que el resto del mundo se distancie cada vez más de nosotros por no marchar al ritmo de la modernidad? Desde 1980 se ha vivido 12 años de violencia intensa, luego 10 años de corrupción y finalmente cinco años de reconstrucción de nuestra democracia ¿Podremos superar nuestras taras? El Perú es un país inmensamente rico pero somos los peruanos los que lo empobrecemos. Hagamos un esfuerzo por salir adelante.

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